lunes, 7 de abril de 2014

Yo te espero

Antes de que se supiera todo lo que hasta ahora se conoce públicamente, hay una historia antigua, de bajo perfil. Es un relato del que no se hablaba, pues fue un amor fugaz, de pocos meses, pero tan puro y auténtico que ni siquiera la muerte pudo acabar con él. Estas son las palabras de una mujer que, traspasando las barreras del más allá, se manifestó para dejar ciertas cosas claras.

Maika era una mujer interesante. Una silueta perfecta, piernas impresionantes y que siempre hacía lucir ya que en su vestimenta jamás faltaba una hermosa falda. Su rostro era impecable, luminoso, y con su voz seducía hasta al más duro de los chicos del barrio. Había participado en programas de talentos, cantaba con una fuerza que dejaba pasmados a los jueces. Por otra parte, sus altísimas calificaciones en la universidad pronosticaban una graduación con los máximos honores en la carrera de Comunicación Social. 

A veces, sólo a veces, sucedía algo extraño. En algunas clases, Maika sentía malestares y salía disparada al baño. En otras situaciones, no alcanzaba a salir, sino que se desplomaba desmayada en plena aula. Algunos de sus compañeros aseguran que no era un tema de anorexia o bulimia. Ella era demasiado inteligente como para renunciar a sus curvas y al placer de comer. Tampoco era un posible embarazo, a esa mujer no se le conocía ni un novio ni una aventurilla. No obstante, les causaba preocupación ver que con el pasar de los semestres ella se iba debilitando. En un momento se puso muy delgada. No en un grado preocupante, más bien estaba tomando un porte de modelo. Esto captó la mirada de alguien.

Un muchacho recién llegado de un pueblito muy lejano entró a la carrera de publicidad y mercadeo. Si bien no conocía el movimiento real de las ciudades grandes, sabía muy bien las tendencias que se manejaban en los medios masivos. Tenía una voz de locutor que asustaba a veces, intimidaba, mejor dicho. Sin embargo, era un muchacho tímido, muy respetuoso y de muy pocas palabras. 

Un día en el cafetín siente que alguien se le echa encima por la espalda. Una muchacha de cabellos violeta muy delgada se había resbalado con un pedazo de pollo que estaba en el suelo y fue a parar a la humanidad del chico tímido, quien a pesar del golpe, caballerosamente la levanta y le pregunta "¿Estás bien?". La chica miró que este joven también era de cabellos violeta, muy largos, una mirada profunda, una voz grave y hermosa, un caballero... Tartamudeó un poco al disculparse por haberle derramado el vaso de jugo de piña. En fin, se rieron, fueron a una mesa, comieron. No hablaron mucho, al menos no con sus voces.

Todos los días se veían en el cafetín. A ella le encantaba escuchar los relatos del chico en su pueblo natal: las cosas que aprendió de su abuelo, que decidió ir a la ciudad a estudiar porque tres amigos lo convencieron, que su mamá lo quería estudiando medicina... A él le encantaba escuchar los relatos de la chica en una ciudad acelerada, su paso por concursos de canto, su negativa a entrar en un certamen de belleza, los rollos de su trabajo con el que ayuda a su papá... 

Pasaron los meses. Toda la universidad sabía de que la parejita del cafetín estaba muy firme en su relación. Todos los días, Maika encontraba una rosa en su casillero. Él siempre encontraba una carta perfumada en su locker. Después de clases caminaban por el parque. Ella se hacía menos acelerada, él se hacía más suelto al hablar. Poco a poco ambos comenzaron a convertirse en uno solo. 

Una tarde de otoño, el chico llegó a la universidad con una cajita en la mano. Pensaba en sus adentros cómo debía hacer para sorprenderla. Pasaban los minutos y nada que llegaba Maika. Raro, si había una chica puntual en clase era ella. Él vio el reloj, perdió una hora de clase. No importa, valía la pena. De pronto por un pasillo aparece uno de los tres amigos que le convencieron de ir a la ciudad, corriendo, acelerado. "Te vienes conmigo para la clínica, tu novia está muy grave".

Ya la luz del rostro de Maika no brillaba. Su piel frágil y pálida estaba perforada con agujas que le proporcionaban suero y medicamentos a su cuerpo. Aunque los médicos se negaban a darle un diagnóstico real, ella sabía que en algún momento la metástasis estallaría. Su amado entró a la habitación, evitando inútilmente ocultar su llanto. Él no sabía nada de que su amada tenía cáncer. Ella lo miró, tomó su mano. Él, de rodillas a un lado de la camilla, le dijo entre sollozos "Yo te amo... ¿Quieres ser mi esposa por el resto de la eternidad?" mientras colocaba el anillo de compromiso que compró días antes con el dinero de sus ahorros de la semana. Ella empezó a respirar con dificultad, los pitidos de las máquinas a las que estaba conectada se sentían como alaridos. Él se quedó pasmado, no podía reaccionar, miraba a su amada irse y no podía salvarla. En un momento fugaz, ella lo miró, su rostro brilló, y le dijo "sí"... sus ojos se cerraron, dejó de respirar, los pitidos cesaron excepto uno, que quedó en el ambiente. Su corazón se detuvo.

Dos años después el chico se graduó, no con muchos honores. Digamos que fue un milagro. No quedaba rastro de aquel joven humilde que enviudó antes de casarse. Había pasado más de un año desde la última vez que llevaba todas las semanas una rosa a la tumba de su amada. Se cuenta que en cada visita él cantaba en voz baja, anhelando que ella desde el más allá le escuchara. Se cree que fue a raíz de un evento en una fiesta universitaria que no vale la pena relatar, el chico asumió que las mujeres eran un elemento de diversión, que simplemente había que decirles lo que ellas querían escuchar, y que era pecado enamorarse, pues el amor terminaba matando a uno de los dos en las relaciones. 

Luego de unas cuantas semanas trabajando como un publicista de poca monta, vio en un pasillo de un canal de televisión a una muchacha hermosa de largos cabellos turquesa sujetados con dos coletas. "Esta es mía" pensó. Luego de un tiempo ya el chico se había ido a "vivir" con esta muchacha (que también cantaba). Una noche, mientras dormía junto a ella, y como aparecido de un cuento de miedo, tiene una visión. No era un sueño. Era la imagen más brillante que había visto jamás. La voz era inconfundible, pero tan potente que abarcaba todos los rincones del universo. Y el mensaje le heló la sangre...



Él se levantó sobresaltado, pensando en que tal vez fue una pesadilla causada por mezclar tostones con chocolate. Miku ni lo sintió, seguía dormida. 

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